Fair Play

En la deriva individualista que vivimos, es habitual encontrar actitudes y comportamientos en nuestro entorno de trabajo que, tolerados o conscientemente ignorados, suelen ser generadores de miedos, incapacidades y pérdidas de efectividad en equipos y trabajos.

Me refiero a esas personas que mantienen un comportamiento antisocial,  descortés e incluso tóxico para el resto de la organización y que cada vez mayor número de estudios confirman, el cómo interfieren en el eficaz funcionamiento de la empresa y  en la correcta ejecución de responsabilidades.

Es esta una conducta que no conoce rangos ni jerarquías, va desde el jefe que constantemente utiliza métodos fuera de lugar, pasando por el compañero que se atribuye como propios los logros de los demás, el que se entretiene difamando o creando rumores, el que no comparte su trabajo o sus contactos de manera justa, el doctorando en el trabajo de lo ajeno, el borde malhumorado e infeliz que continuamente discute por todo y contra todos, el indeseable “acosador”, el que utiliza su tiempo en  maquiavélicas venganzas contra aquellos que considera más como sus enemigos que sus compañeros, el que utiliza su conocimiento exclusivo sobre alguna materia, servicio o habilidad, como fuente de poder frente a los demás, o en un triste pero claro interés propio…etc., hasta finalizar en una larga colección de comportamientos que contribuyen, entre otras cuestiones a:

  • Un descenso en los esfuerzos en el trabajo por el resto del equipo
  • Un descenso en el tiempo dedicado al trabajo por el resto del equipo
  • Un descenso en la calidad del trabajo del resto del equipo
  • Un rechazo al trabajo compartido por el resto del equipo
  • Una importante pérdida de tiempo discutiendo sobre los incidentes
  • Una importante pérdida de tiempo evitando ofender o ser ofendido

En general este tipo de conductas suelen ser por todos rechazadas, sin embargo no siempre son eliminadas en muchas ocasiones son incluso consentidas, en otras simplemente admitidas como parte del precio a pagar en un mundo tan competitivo y ello, sin duda, provoca alrededor de la misma, una disminución del rendimiento y una pérdida de interés por los objetivos generales de la organización, sobre todo de las personas que las sufren.

Tratar con este tipo de personas no es nada fácil, más aún si pertenecen al cuadro directivo o llevan largo tiempo en la organización, o es un empleado con reconocido “expertise”. Pero el evitarlo, tolerarlo o simplemente ignorarlo, puede producir efectos más tóxicos en la organización de lo que la mayoría podemos imaginar.

Las influencias negativas se expanden con mayor rapidez que las positivas, esta es la principal razón por la que una organización, sus órganos directivos en primer término, deberían ser proactivos frente a estas actitudes, identificando quién las genera y separándolo del resto de la organización. Normalmente si esto no ocurre, es decir, no se toma acción contra estas actitudes o la acción tomada no tiene éxito, el resto del equipo tomará una actitud defensiva y se iniciará una espiral de frustraciones que sólo pueden conducir a un menor rendimiento, una actitud menos corporativa y de difícil motivación. Aparece una inclinación natural al “todo vale en esta casa” por parte de las personas ofendidas .

En la responsabilidad que a todos nos ocupa en el mundo laboral, debemos ayudar a que en nuestras organizaciones se cree la cultura apropiada para rechazar este tipo de conductas tan poco profesionales y sobre todo tan poco favorecedoras del éxito sostenible que la organización requiere. Quién, -por razón de su cargo o por su autoridad moral frente al resto, tiene la responsabilidad de corregirlas, debe sentirse respaldado cuando toma la decisión de terminar con la influencia que un empleado tóxico provoca al resto de la organización.

Las organizaciones en general, -ahora tal vez más que nunca-,  necesitan para sobrevivir en un mercado altamente competitivo y tocado de una feroz crisis financiera y económica,  de todas las capacidades de su fuerza de trabajo y de la máxima concentración de las personas que las conforman. El lujo de mantener empleados nocivos o comportamientos incivilizados, debe considerarse una reliquia de otros tiempos más permisivos y menos exigentes con la competitividad de las organizaciones y con el cómo de la actuación profesional de los individuos que las conforman.

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