Miedo y Transparencia

En la era de la digitalización y la información, donde el conocimiento y las ideas se vislumbran como nuevas fuentes de poder, el término “Transparencia” se ha convertido en una de las palabras más sexy del siglo XXI, me refiero a que presenta la cualidad de ser muy atractiva para unos y otros, independientemente de su asociación, credo o religión, lo cual -si me permiten- no deja de ser curioso en estos tiempos de deriva individual para casi todo lo demás.

Ojalá fuera todo tan sencillo. Si sólo hubiera que ser transparente para ganarse la confianza de los demás o triunfar frente a tus clientes – demasiado fácil, ¿verdad?-.

El caso es que a medida que crece la demanda de transparencia en empresas e instituciones tengo la sensación de que todas ellas hacen lo posible por no tener que hacer uso de la misma más allá de lo que las normas y las leyes marcan.  Avanzar un paso por delante de dicha imposición con la excusa de construir confianza me resulta inverosímil es más creo sinceramente que, para la mayoría de las personas que he conocido en la dirección de empresas y negocios, ser más transparentes en su gestión que lo marcado por los cánones no entraba dentro de sus planes ni por asomo.

Y no entra dentro de sus planes no porque sean mejor o peor gestores, mejor o peor personas… ¡ No !, sencillamente no entra  porque de hacerlo abren el grifo del miedo, ese miedo personal e intransferible, ese miedo tan humano que seguramente ha atravesado el corazón de todos nosotros en alguna ocasión y que te recomienda seguir las pautas psicológicas comunes antes de aventurarte en una llanura llena de accidentes. “De valientes está lleno el cementerio” … sentencia el dicho.

Lo cierto es que aunque nos pongamos muy dignos con estos asuntos, la transparencia y la honestidad, como valores humanos han sido y son a menudo envilecidos por la propia sociedad. A los efectos prácticos, hoy en día, por todos es conocido que la interacción social de las redes sociales recompensa en mayor medida ( con mayor número de seguidores, mayor número de twets, mayor audiencia, etc.)  los comentarios de un famoso jugador de fútbol sobre el estado de sus aductores o el tipo de relación que mantiene con su espléndida  novia que cualquier reflexión de un desconocido por vivir de acuerdo con determinados patrones sociales o morales… y sin embargo, todos nos apresuramos a reclamar transparencia,  una reclamación hecha la mayoría de las veces  desde el derecho a recibirla pero pocas veces desde la responsabilidad de manejarla como una y otra vez nos evidencia la realidad que vivimos.

La recomendación ética suele ser generosa cuando es vaga. Cuesta creer que ninguna organización actual construya su modelo de negocio con una mayor transparencia a la debidamente necesaria cuando la misma puede ser motivo de condena social, pérdidas económicas o simplemente trending topic. El miedo, sin duda, favorece el silencio y la pasividad,  pero desde luego nunca la transparencia.

La moderna superstición de darle mayor credibilidad y por lo tanto más importancia a todo aquello que puede ser medido frente a lo que no se puede medir, provoca que la honestidad y la transparencia tengan poco que hacer frente a la cuenta de resultados y el éxito obtenido ya sea en millones de euros,  ya en goles marcados, ya en dispositivos vendidos en un fin de semana, ya en titulares, ya en audiencia, etc. , les deja poco recorrido. La transparencia, es muy difícil, es sencillamente muy arriesgada y ahí es donde está el verdadero valor de la transparencia que se solicita.

La cuestión es que cuando una compañía, una organización  o simplemente un personaje público realiza su operaciones de forma más transparente a que legalmente está obligado por voluntad propia, actuando frente a otros muchos que no lo hacen así,  no sólo se descubre ante sus clientes, sus accionistas, sus ciudadanos, sus votantes, etc. sino también ante sus competidores y sus adversarios, lo que en términos de negocio significa una debilidad, una desventaja.En definitiva, en el marco político, social y económico actual,  la transparencia no sólo es difícil sino que además te puede arruinar.

La idea es que si reclamamos transparencia y honestidad a los gestores y a quienes dirigen nuestras instituciones, habrá que buscar una forma de premiar esos comportamientos en términos de negocio o de reconocimiento social, de lo contrario cada vez que estas cuestiones se planteen en un comité ejecutivo de una empresa u organización o en la calle como simple demanda social, el resultado será el habitual hasta el momento… sólo nos contarán la mitad de las cosas que se callan.

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1 comentario

  1. Rosario

     /  21/10/2012

    Hablar de transparencia y honestidad en el entorno empresarial es como hablar de responsabilidad social corporativa, además esto solo hace alusión a los números, a los datos económicos: numero de efectivos, rentabilidad, precios, ventas… EBITAD…, sin querer percatarnos de que detrás de todos esto están los comportamientos (motivaciones, sentimientos….) de las personas. Eso seria lo que se puede contar, pero lo mas importante es el SaberHacer de la persona, y eso todavía no se sabe contar, entre otras cosas porque todavía no se le esta dando la importancia que tiene (no se mide ni se pone un numero)

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