El cuento de las hermanas y la naranja

naranja+partidaEn un pequeño pueblo enclavado en la hermosa vega valenciana, se ven los restos de un antiguo castillo del tiempo de los árabes y trozos de muralla que dicen los viejos del lugar pertenecieron al jardín del palacio donde cuenta la leyenda vivía un árabe ilustre, guerrero valeroso y hábil gobernante de nombre Mohámed Ben Tahir.

Ben Tahir vivía con sus dos hijas a las que, desde niñas, se preocupó de cultivar encargando de su educación a uno de los más sabios de su tiempo, Abu Al Juda. Las exquisitas doncellas pasaban largas horas en los jardines de palacio contemplando el majestuoso paisaje, mientras su sabio maestro las iba enseñando sus vastos conocimientos en ciencias y letras.

Cada día por la mañana, el padre complacíase contemplando a sus dos hijas en el jardín de palacio, y así día tras día, año tras año, recreándose en su bienestar, alegría y prosperidad. Todo iba bien, hasta que un día, para asombro de moros y cristianos,  observó con cierta incredulidad como las dos hermanas de cultivado espíritu y exquisita sensibilidad, peleaban entre ellas mediando insultos e improperios como si de dos salvajes se tratara. Forcejearon, gritaron y lloraron tanto que agotadas por el esfuerzo cayeron ambas en una especie de derrota por la que sólo durante unos instantes dejaron de pelearse.

Sorprendido por la escena, Ben Tahir, decidió preguntar al profesor de sus hijas, el porqué de aquella trifulca. -Es por una naranja, Gran Señor-, le contestó. -¿Por una naranja? preguntó Ben Tahir. – Así es mi Señor, una naranja que este año sólo nos ofreció el naranjo del patio y que sus dos hijas, ambas, ansían para sí. – ¡Dividir inmediatamente la naranja en dos mitades, una para cada una, parece lo más justo y equilibrado!- continúo el árabe -¡Hágase como digo!-ordenó. Y dicho y hecho, el sabio profesor bajo hasta el patio, cortó la naranja en dos mitades exactamente iguales y entregó cada mitad a cada contendiente según lo establecido por su Señor.

Cada una se refugió en una esquina del patio, con su media naranja, tan fatigosamente conseguida. El árabe observando desde su atalaya  quedó satisfecho, el reparto había sido justo, estable y duradero, ya cada cuál tenía su mitad, y todo volvía a ser  como antes.

Sin embargo el árabe, que tenía el privilegio de observarlo todo desde fuera, vió como una de las hermanas se comía con fruición la pulpa de su media naranja y tiraba la piel, mientras que la otra tiró de inmediato la pulpa y conservó la piel. Ambas lloraban desconsoladas, no parecían satisfechas con lo conseguido.

– Decidme Abu, porqué todavía mis hijas permanecen tristes- preguntó Ben Tahir. -Veréis, el partir la naranja en dos mitades que de entrada fue lo más sabio, equitativo y posibilista, se revela ahora como decididamente tonto, Gran Señor. -¿Acaso me llamáis tonto?-, vasallo. -No Señor, sólo digo que sus hijas podrían haber alcanzado un reparto más inteligente que consistía en dar toda la piel a quien de ellas la pretendía sólo para ralladura  y así elaborar un pastel  y dar toda la pulpa a la otra quien deseaba comérsela sin más.

Pero cómo hubiera podido yo saber esto antes de hacer el reparto, viejo Abu… – Preguntando, gran señor… simplemente preguntando –

Si preguntas serás necio treinta segundos, si no preguntas serás necio toda la vida. Proverbio Árabe

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