El humor en tiempos de … crisis

 Photograph: Linda Nylind

Photograph: Linda Nylind

Cuántas veces habrás oído aquello de “este no es lugar para decir lo que uno piensa, así que piensa siempre lo que vas a decir y seguramente progresarás”, dicha unas veces con el cariño de un consejo casi maternal y otras con la severidad de una advertencia incondicional, todos hemos participado de sus consecuencias en mayor o menor medida.

Asisto impávido y boquiabierto al festival de la hipocresía de todos aquellos que no hace tanto decían A y ahora defienden B, aquellos que tan sólo hace algún tiempo vivían de defender  una forma de hacer las cosas y hoy defienden la contraria, aquellos que se suben al carro del oportunismo a la primera de cambio, eso sí, tan dignos y elegantes…defendiendo con el mismo ahínco la blanca doble o la doble cinco. Ejércitos de profesionales, ejecutivos, consultores y políticos que con demasiada frecuencia y absoluto desparpajo introducen en sus “bienelaborados” que no “bienintencionados” discursos, palabras como transparencia, honestidad, sinceridad, comunicación abierta, escucha activa, empatía…etc., y qué decir cuando ya lo hacen con exquisita soltura en otro idioma y te cuentan lo del positive thinking, empowerment, o el mindfulness…, eso sí, al final del trayecto, unas y otras sólo palabras gastadas con la alegría de aquel o aquella que se sabe manejando una cuenta corriente que no es suya, ustedes ya me entienden.

El caso es que aunque hoy corren malos tiempos para casi todo, creo sinceramente que para lo que son muy malos  es para eso de “decir lo que uno piensa” más aún si lo que dices se corresponde con lo que haces y además lo que haces y lo que dices no encaja bien en eso de ser “políticamente correcto”.  Esta idea,  en muhcas organizaciones se ha convertido en un lastre, en un claro déficit de lo que podríamos definir como un “buen sentido del humor” organizacional, de forma y manera que en estas organizaciones tiene una mayor recompensa quien menos sentido del humor demuestra en su actuación profesional. Organizaciones en las que nada o muy poco hay de esa espléndida capacidad que algunos tienen para descubrir el lado divertido y risueño de la vida, nada o muy poco de esas actitudes que consisten en mirar la vida de modo positivo y sereno, eso de “tener buen humor” y decir las cosas al natural, tal y como son, sin colores, sin tapujos, sin intereses ocultos, y sí mucho de decir lo que se quiere oír, lo conveniente, muchos “palmeros”, muchos amigos del trabajo ajeno y  mucho de esa cobarde prudencia que en la mayoría de los casos deja hacer y deshacer en nombre del rigor profesional.

Muchas personas me han preguntado a lo largo de los años cómo mejorar esta o aquella otra competencia, pero en ninguna de esas ocasiones nadie preguntó como podría mejorar su “sentido del humor” o lo que es más importante su “estado de humor”, a pesar de que muchos de ellos mismos reconocían haberlo perdido o simplemente ignorarlo en su vida profesional a cambio de progresar en sus respectivas profesiones, contribuyendo con ello sin apenas darse cuenta a crear organizaciones en las que se recompensa antes actitudes agresivas o actitudes indulgentes que actitudes inteligentes.

La constante se repite una y otra vez; las personas sólo son capaces de mejorar sus competencias profesionales cuando en lo que hacen, en su tarea, fuera el tipo de trabajo o de tarea que fuera, se cumple una ecuación en la que interés y diversión siempre entraban a forma parte de la misma de modo que me interesa porque me divierte y me divierte porque me interesa. Dicho de otro modo, si la persona en concreto no tenía o no era capaz de desarrollar un buen sentido del humor, el desarrollo de cualquier otra competencia se convertía en una tarea pendiente, en una especie de agujero negro en el que el buen humor es incapaz de crecer y por lo tanto la competencia profesional no se desarrollaba.

A pesar de lo sencillo que puede ser llevar a buen término el planteamiento anterior en muchas de las organizaciones modernas, sigo encontrando empresas en las que el empeño principal de sus gestores es que las cosas se hagan en ausencia de cualquier sentido del humor, en ausencia de cualquier emoción, en definitiva sin espacio para decir lo que piensas sin pensar lo que dices. Como no podía ser de otra manera, a la larga este tipo de culturas organizativas sólo contribuye a originar y fomentar ese grupúsculo de gente cuyo único signo de unidad consiste en vilipendiar, criticar y estar en contra de todas y cada una de las políticas de la organización, al mismo tiempo que declaran sentirse identificados con ella, con sus valores, con su forma de hacer las cosas,- ” … pero que conste a mí me gusta mucho el trabajo que hago”-, suelen añadir al final de cada frase, pensando más en el cuánto de su trabajo que en el qué o en el cómo del mismo, personas que suelen triunfar en muchas de nuestras organizaciones a pesar de todo ello…¡lástima!.

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