En los negocios ¿cómo en la guerra?

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El temido tiene motivos para temer. Lucio Anneo Séneca

Pretender hoy que lo que uno hace o lo que uno sabe sea igual de relevante a como lo era hace algunos años, es sin duda un esfuerzo cada vez peor pagado. Todo parece indicar que el uso de las redes sociales no sólo sirve para evaluar lo que otros hacen,  sino también el cómo hacen lo que hacen… cuántos importantes ejecutivos de empresas multinacionales se han visto obligados a dejar de serlo debido a su “inadecuado” comportamiento profesional, cuántos profesionales de la política  se han revelado “indignos de contar con nuestra confianza” al descubrirse que no hacían de su actuación lo que para otros predicaban en su oración. En todo ello no se está valorando tanto al hacer o al saber, se presume, “va de suyo”, se valora fundamentalmente actuaciones que tienen mucho que ver con el ámbito del comportamiento humano.

En la mayoría de las organizaciones con las que he trabajado siempre ha existido una aspiración general en  directivos y  empleados, una especie de misión común que en ocasiones cuesta verbalizar y hacer pública. La misión de trabajar por crear una comunidad de responsabilidades compartidas, de beneficios y valores comunes,  como un elemento de compromiso común y sin embargo en pocas de estas organizaciones se consigue alcanzar a satisfacción de sus integrantes este objetivo. ¿ Tan difícil es hacer bien lo que sabemos que está bien?

La sabiduría fue dejando paso al conocimiento, a su vez el conocimiento cedió ante la era de la información y ahora la información se nos revela como una de la mayores aliadas del comportamiento humano, convirtiendo al mismo en punto motivador e impulsor para diferenciarse. No es difícil coincidir en que el comportamiento privado y el público se han vuelto casi indistinguibles ¿alguna consecuencia traerá en el mundo de los negocios?. El caso es que, a mi juicio, hoy no sólo se puede crear valor a través de productos, servicios, habilidades, modelos de negocio o políticas empresariales, también podemos crear valor y  a través del comportamiento ya sea individual u organizacional. Cualidades humanas, hasta ahora consideradas “blandas”,- confianza, respeto, transparencia, propósito, reputación, etc.- de pronto, gracias a esta tremenda conexión entre todos y cada uno de nosotros, se convierte en posible moneda de cambio e impulsores de eficiencia, productividad y rentabilidad, algo así parecido a la reputación que antaño precedía a cerrar un trato o un negocio sólo con la palabra de quien lo cerraba.

La mayoría de las competencias que actualmente medimos en nuestras organizaciones al objeto de mejorarla y por ende mejorar el desempeño profesional, son o están estrechamente relacionadas con cualidades humanas,-el liderazgo, la orientación al cliente, la toma de decisiones, la creatividad, el trabajo en equipo, etc., su verdadero desarrollo podrá en todo caso ser inspirado, nunca exigido. La tradicional receta del “palo y zanahoria”, se queda corta en este siglo, y en tiempos difíciles no hay suficientes zanahorias que repartir y no digamos de las limitaciones y consecuencias terribles que puede tener la coerción y el ejercicio de un dirección autoritaria.

Es imparable, en las organizaciones que llegan cada vez en mayor medida argumentos separados entre el discurso y el comportamiento dejarán de tener cabida y su efecto será pernicioso para cualquier empresa que no sepa interpretar este nuevo paradigma en su actuación. Esa extendida idea de que “mientras no se quebrante la ley” todo vale, empieza a vislumbrarse insuficiente para dirigir organizaciones y personas moralmente dependientes en su actuación unas de otras  a través de la tecnología que les une. Se acabó eso de separar la vida profesional de la vida personal, el comportamiento de cada uno afectará a la vida de todos los demás en mayor o menor medida y ello obligará a quien esté al frente de esas organizaciones a buscar maneras distintas de generar conducta y comportamiento si quiere obtener el compromiso de sus empleados y colaboradores.Las formas tradicionales de poder pierden influencia. Ahora la clave esta en que esas cualidades denominadas “blandas” pasen de la defensiva a la ofensiva y quien nos dirige establezca compromisos de actuación y no tanto de oración.

Sin duda hay que repensar la gobernanza y la forma de organización tradicional de las empresas. Las “buenas prácticas” no son sólo un literal fácilmente reconocible y vendible en campañas internas y externas de marketing, son “buenas” o “mejores” y no hay que olvidarlo a la hora de implementarlas. Devolver lo humano al centro del negocio, requiere sobre todo construir culturas organizativas donde se valore al ser humano en sí  mismo y su comportamiento. Exige reducir la excesiva dependencia de la gestión tradicional del dar y recibir,  del motivar y castigar  y buscar calidad y profundidad en las relaciones laborales de forma que se conviertan en lo que verdaderamente son, relaciones entre personas, capaces de generar valor y conectar empresas con clientes, proveedores, empleados, socios y sociedad en general sin perder ni un sólo gramo de responsabilidad y rigor en lo que debemos hacer para crear riqueza.

Inspirar a otros requiere partir de un interés común, hay que encontrarlo y evidenciarlo, no basta con presumir que el interés de todos en la organización es el éxito de la empresa. La manera en la que comuniquemos ese interés común, cómo nos conectamos con quien nos rodea, afectará directamente al resultado que obtengamos.

Definitivamente en las organizaciones que llegan, hacer algo y tener éxito será muy distinto a hacer algo y lograr el éxito.

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